Morros y foulards
21 abr 2009 Cosas de Cursomán
Isabel tiene unos 45 años, ha peleado duro, muy duro, por conseguir el asiento en el que ahora mismo reposa si prieto trasero, oprimido por unos vaqueros marrones de unas dos tallas menos que la suya. Es más que probable que Isabel haya entrado en la habitación de su hija de 16 años, instantes después de que ésta saliera para el instituto y haya elegido esos vaqueros para ir hoy a trabajar. Isabel saca de su bolso, también marrón, un pequeño espejo y un pintalabios, abre ambos y comienza a maquillar su boca. Hace un año y pico que su marido le regaló por reyes la operación de cirugía estética que quería, ya tiene unos labios en los que alguna sustancia imita la apariencia de carnosos. Pasa el pintalabios por sus prestados morros durante varios minutos y, en Recoletos, se baja.
Mario ha cumplido hace poco 20 años, ha subido a este tren con su hermana Rebeca, de 21. Se han sentado uno junto al otro, Mario lleva puesto uno de los dos auriculares, conectados a su teléfono móvil, escucha música de Paulina Rubio o de Marta Sánchez. Rebeca lee una de las novelas que estuvo de moda años atrás. No se hablan, pero llegando a la estación de Vallecas, Rebeca, aún sentada, se coloca el abrigo, a lo que Mario ayuda con cariño y desgana. Se besan las mejillas, se desean buen día y Rebeca baja en Vallecas (tal vez para el transbordo con la línea 1 de metro). El asiento que deja libre Rebeca es por el que Isabel lucha para sentar su ajustadísimo vaquero. Tres paradas más tarde, Mario se prepara para bajarse, llega Atocha. Saca del bolso de tela verde un foulard morado, a juego con su camiseta ajustada y con el adorno del anillo de su mano derecha, se lo coloca con un par de milimétricas vueltas rodeando su cuello y se apea.
Empieza otra semana más para Isabel, Mario, Rebeca, para Cursomán, para tí, para nosotros y para ellos.
(Los personajes de esta entrada existen realmente, y al menos las actitudes relatadas durante el viaje de ayer en el tren son reales. Los nombres son ficticios, salvo pura coincidencia.)
21 abr 2009 a las 10:59
Gran descripción..creo que por un momento he sido Ana la que iba con la boca pegada a la mano que agarraba la barra. Miraba atónita como un chico de barba contemplaba a su alrededor, con los ojos como los niños cuando ven a los Reyes Magos pasar por la Castellana en la Cabalgata del 5 de enero: grandes, brillantes..absortos.
21 abr 2009 a las 17:32
Pues yo, querido Cursomán, te he notado pelín machista con tus comentarios sobre Isabel…
21 abr 2009 a las 18:51
¡Pero bueno! Sabes que no soy machista y, creéme, que si hubiese sido una tía la que lo hubiera visto, los comentarios habrían sido peores
(Este comentario sí pudiera entenderse como un pelín machista, pero en el fondo sabes que es una verdad como un templo)
22 abr 2009 a las 10:48
jajajaja si esa descripicion la hubiera hecho yo……
22 abr 2009 a las 12:53
No sé, yo hubiera sido mucho más mala en la descripción, quizá, pero JAMÁS habría dicho, ni pensado, que su marido le pagó la estética.
Es más, estoy convencida de que, con eso de la cirugía, las mujeres somos lo suficientemente gilipollas como para ahorrar el dinero necesario solitas, sin ayuda del macho dominante, je, je
24 abr 2009 a las 13:23
mmm discrepo…. muchas mujeres se aumentan el pecho porque su “maridito” quiere mas chicha…
si mi “maridito” quiere mas chicha…que se compre una muñeca y si no que lo pague el…. prefiero ahorrar para comprarme un modelazo….
A ver si yo voy a querer que se ponga “mas chicha”….jajajaja